miércoles, 24 de noviembre de 2010

Inquisition sanctum, claudis et

           Ahora que el Papa Benedicto XVI sigue atacando a España y, en su libro Luz del mundo que se publicaba ayer, ha tenido el descaro y la osadía de comparar la situación de la España de los años 30 (los de la II República) con la situación actual, en comparación (él dice contraste) con la época de Franco, en su “dramática lucha entre la secularidad y la decidida fé”,.... y teniendo en cuenta que a ningún político español se le ha ocurrido aún pararle los pies institucionalmente, en algún foro de relaciones internacionales (¿dónde está, por ejempo, un ¡¡y tú cállate!!?), deberíamos recordar algunas cosas del entorno de este buen hombre que, por arte de magia, parece sacado del pasado más lúgubre, cavernícola y truculento de la historia, y que muy obstinadamente parece que se dedica a mimetizar a algunos de sus antepasados...

        Desde el papa Lucio III (1184), hasta bien entrado el siglo XIX (en Latinoamérica todavía ha habido autos de fé en 1850), han sido cientos de miles de personas las que han sido torturadas y ejecutadas por la Inquisición medieval, española y luego itálico-romana y americana.
Escudriñando en textos de la época, y bien pertrechados de un diccionario de latín, nos encontramos alocuciones del estilo....

        Para abolir la depravación de las diversas herejías que en los tiempos presentes han comenzado a pulular en diversas partes del mundo, debe encenderse el vigor eclesiástico, a fin de que -ayudado por la potencia de la fuerza imperial- no sólo la insolencia de los herejes sea aplastada en sus mismos conatos de falsedad, sino también para que la verdad de la católica simplicidad que resplandece en la Santa Iglesia, aparezca limpia de toda contaminación de los falsos dogmas.

Ha llegado a nuestros oídos que gran número de personas de ambos sexos no evitan el fornicar con los demonios, íncubos y súcubos; y que mediante sus brujerías, hechizos y conjuros, sofocan, extinguen y hacen perecer la fecundidad de las mujeres, la propagación de los animales, la mies de la tierra....

A las anteriores disposiciones agregamos el que cualquier arzobispo u obispo, por sí o por su archidiácono o por otras personas honestas e idóneas, una o dos veces al año, inspeccione las parroquias en las que se sospeche que habitan herejes; y allí obligue a tres o más varones de buena fama, o si pareciese necesario a toda la vecindad, a que bajo juramento indiquen al obispo o al archidiácono si conocen allí herejes, o a algunos que celebren reuniones ocultas o se aparten de la vida, las costumbres o el trato común de los fieles.
     
       Y la realidad es que muchos de estos supuestos herejes (¿qué es ser hereje?), ciertamente no eran tales.
       La mayoría de estos desafortunados eran discapacitados, portadores de alguna enfermedad infecciosa, neurológica o mental (entonces desconocida, pero sí satanizada), otros y otras acusados de brujería, prostitución u homosexualidad, otros pertenecientes a escisiones del catolicismo (arrianistas, cátaros, hugonotes), y muchos sólo eran simplemente librepensadores y científicos,....gran parte de ellos seguidores del aristotelismo, o de las ideas de la cosmovisión copernicaniana, defensores del heliocentrismo del universo, y precursores de la posterior Revolución Científica que habría de llegar con el Renacimiento.
       Uno de ellos, quizá algo desconocido para el gran público, nació en 1548 en Nápoles, y fue religioso, filósofo, astrónomo y poeta. Estudió en Nápoles, especializándose en humanidades y dialéctica. A la edad de 17 años, en 1565, ingresó a la Orden de los Dominicos, donde se dedicó al estudio de la filosofía aristotélica y la teología de Santo Tomás de Aquino (tomismo). Cometió el
"""""terrible pecado"   de expresar en escritos y conferencias sus ideas acerca de la pluralidad de los mundos y sistemas solares, el heliocentrismo, la infinitud del espacio y el Universo y el movimiento de los astros, lo cual le traerá una persecución en su contra por parte de la Iglesia católica y la Inquisición, hasta ser encarcelado (1593) durante ocho años, acusado de blasfemia, herejía e inmoralidad, para finalmente ser condenado a muerte por herético, impenitente, pertinaz y obstinado. Murió quemado vivo... el 17 de febrero de 1600 en Campo dei Fiori (Roma)...y se llamaba Giordano Bruno.
Pero desgraciadamente no fue el único. Siglos antes se había ejecutado a miles de personas, y durante dos siglos después se seguiría haciendo...casi hasta nuestros días.
¿Quizá es esa época dorada, la que añora el señor Joseph Alois Ratzinger?, ¿es que nadie le grita ¡¡Inquisition sanctum, claudis et!!...?

1 comentario:

Javi dijo...

¿Dónde está el rey para decir lo de "¿Por qué no te callas?"?